lunes, 24 de febrero de 2014

Rocío Resort, un camping All Inclusive



Por Paticio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

Mario Benedetti nos dice que es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una mujer desnuda y en lo oscuro, que otorgue cierta claridad a la habitación y nos socorra en caso de repentinas soledades y nostalgias[1]. Esto es muy importante, pero adicionalmente a ese kit básico de sobrevivencia para la vida cotidiana yo quisiera agregar que, junto con lo anterior, nunca está de más llevar consigo algún pedazo de trapo o tela para colgar cuando vamos a un Resort.
A la vuelta de la esquina de Temuco está el camping Rocío Los Boldos en el río Quepe. Rocío Resort le llamábamos a ese lugar con los amigos de la población cuando íbamos a acampar allí en las épocas felices del liceo. Esas vacaciones sí que eran All Inclusive (todo incluido), como en todo buen Resort, porque llevábamos las condorito[2], las cámaras de tractor, las mantas, las ollas, las damajuanas, en fin, todo lo necesario para ser feliz y estar “bien abastecidos” un par de días. ¡Y vaya que lo hacíamos!
Llegábamos allá en la Chevrolet Luv blanca con cúpula del papá de un amigo y ese momento era para mí la gloria, la llegada, esa maravillosa sensación de buscar, fundar y crear un lugar para que sea tu hogar por un par días. Buscar la mejor sombra donde poner tu carpa porque sabías que el vino blanco con yupi al otro día te daría vuelta la cara. Que espectacular era organizar y emplazar todas las carpas apuntando hacia el fogón y hacia esa mesa de cuatro palos y un choco[3] que conforman ese espacio sagrado destinado a estar, cocina y comedor, escenario perfecto para la amistad y la vida. Creo que alguna vez hicimos leña de la mesa. Creo allí yo me hacía arquitecto. 
Otra de las mejores experiencias de acampar era ese momento cuando das tres pasos y estás en la carpa para buscar un chaleco, y luego das otros tres y ya estás de vuelta compartiendo en el fuego, jugando a muerte una partida de carioca, tocando a Silvio y a Los Enanitos, contando historias nuevas y otras repetidas. Esa proximidad de todo lo necesario para la vida (que no son más que tres piedritas como nos dice Pepe Mujica) es lo que me bastaba para pasar un verano de lujo en aquel Resort.  
El camping Rocío Los Boldos tiene tres particularidades que lo hacen la joya que es. Lo primero, el remanso del rio Quepe donde se hace una pequeña playita de arena para echarse a “lagartijear”, luego de lanzarnos en épicas navegaciones en la cámara de tractor en ese tramo del río sin corriente. Lo segundo, es el muro verde de nalcas, chilcos y otras hierbas que junto con una vertiente que da música al ambiente, confinan el otro lado del río dándole una interioridad y un cobijo al lugar, y un pequeño eco que favorece el maravilloso acto de escuchar conversaciones ajenas. Y en tercer lugar, eso que le permite al camping ladrarle “quiltramente” y sin miedo a los mejores Resorts caribeños, un tupido bosque de boldos que protege y perfuma todo el predio haciéndote sentir que la mirada te sobra, que eres el espacio vacío en el interior de un guatero de semillas.
Estas tres singularidades (o más bien tres estrellas) son las que dan el toque All Inclusive al Rocío Resort de Los Boldos en el río Quepe, porque allí tienes todo lo que necesitas e incluso cosas que te sobran como los ojos. Solo una cosa falta en ese paraíso y que yo recomiendo sentir como una obligación llevar consigo, se trata de algún trapo o pedazo de tela para colgar y tensar entre los boldos como una bandera de esa nación itinerante, para señalar tu lugar en ese territorio (en tu recuerdo), fijar tus colores en el paisaje y conquistar tu sitio en el camping como se debe hacer con los lugares importantes, aunque sea solo por unos días y esto no importe a nadie.

Una tela al viento dándose un baño en el aroma de los boldos se deja dibujar en sus espaldas un invisible mapa regreso.




[1] Del poema: Una mujer desnuda y en lo oscuro.
[2] Hawaianas o sandalias.
[3] Pedazo de madera multiuso en el mundo rural chileno.

lunes, 17 de febrero de 2014

Las postales de nuestra vida


Por Paticio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

El rouge (lápiz labial) rojo hace que resalten los labios de una mujer y (algunos) se queden grabados para siempre en ese rincón donde se guardan las postales de nuestra vida. Esas postales son los momentos que, por muy buenos o muy malos, deliciosamente nos marcan y de la nada nos arrancan una sonrisa o lanzan a un vacío de nostalgia en el baño o en la oficina. Son la pimienta negra del plato mayor que es la vida.
Casi siempre junto a nosotros en esas postales aparece la ciudad. Bella o fea, sustentable o chanta, con palmeras o desiertos, siempre es el escenario ideal para retratar lo bueno y lo malo. Es que las ciudades juegan un rol importantísimo en la generación de esas postales, pero no lo sopesamos, porque no tienen un rouge color rojo que vaya indicando y resaltando esos lugares.
Diariamente hacemos la misma ruta en la ciudad, mismos lugares, mismas cosas y mismas horas, pero hay días en que algo especial ocurre y sutilmente nos desviamos de esa recta monotonía, cuando te acuerdas que en ese paradero de micro diste tu primer beso, que en la solera de esa esquina lloraste una pena, que fumaste por primera vez en ese rincón del parque, que tras ese arbusto casi te roban la bicicleta, que sentado en esa jardinera de la plaza esperaste a alguien sabiendo que te patearía el trasero.
¡Hay de nosotros si la ciudad hablara!
Piensa sólo en la cantidad de proscenios, escenografías y telones de fondo de tu vida que hay entre tu casa y el centro de la ciudad.
He sabido que en lugares emblemáticos de los peores desastres ocurridos en la Alemania del siglo XX se instalan en las calles unas placas metálicas que señalan: aquí murió fulano, aquí nació mengano, aquí se escondió pepito, este agujero de bala lo disparó Juanito, etc. Para así mantener viva la memoria de su pueblo. Algo parecido a lo que se quiere o podría hacer con el proyecto de la “Ruta Patrimonial de Neruda” en Temuco.
Hay momentos en que uno sin darse cuenta va construyendo sus postales en un simple paseo dominguero por un parque, esperando el colectivo en calle Bulnes, en la fila de las papas fritas en Rodríguez, en el café más piojento o el Sushi-Bar de moda. Todos los lugares de la ciudad están disponibles para ser parte de tu historia. Por eso nos gusta la arquitectura, porque en cada escaño de cada plaza que proyectamos van a pasar cosas importantes para alguien. Eso es seguro.
No sé por qué, pero cuando me ha tocado diseñar una plaza o un parque lo primero, y último, que pienso es en los pololos o amantes que van a ir allá. En aportar con la arquitectura a que esos besos, discusiones absurdas y declaraciones de eternidad tengan la mejor música que el viento pueda hacer contra un árbol, el mejor sol de la tarde, el pavimento menos monótono para imaginar figuras en las líneas de las baldosas, la vista hacia la casa más bonita de la cuadra. El éxito profesional para mí sería una pedida de matrimonio en un plaza que haya diseñado, y si ese compromiso dura más de tres años sería como ganarme el premio Pritzker[1].
Hace años miraba la esquina de Falabella desde lo alto de un edificio, en pleno centro de Temuco, mientras esperaba al dentista, la gente se veía como hormigas pero pude distinguir a un lanza robándole la cartera a una mujer. Ella salió corriendo tras de él hasta perderse en la multitud. A los tres segundos la gente seguía pasando distraída, sin enterarse de nada, por el mismo metro cuadrado donde había ocurrido ese drama. Esa postal negra en la vida de esa mujer.
¿Cómo serían las ciudades si fuéramos marcando con rouge de color rojo los lugares donde se han construido las postales de nuestras vidas?  Dos cosas tengo claro, habría más metros cuadrados de besos que de calles y áreas verdes; y eliminaríamos de cuajo esa expresión de que las ciudades son grises. 



[1] Algo como el Nobel, los Oscar o el Copihue de Oro para los arquitectos. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Una sombra



Por Patricio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

Un solo árbol no es arquitectura, pero varios árboles dispuestos para conformar una zona de sombra sí lo son. Asimismo, una malla de kiwi mal tensada y amarrada miserablemente a cuatro palos endebles, queriendo formar un árbol, también es arquitectura. Pues está hecha de materia, con la mano del hombre y su mensaje. 
¿Quién necesita más que una sombra en verano? Nos están diciendo (y con una bofetada) los puestitos de venta de orilla de carretera, mientras vamos en nuestros automóviles-super-cool-climatizados y de pronto vemos como en los bordes del camino están abiertas las ventanas del paraíso y se nos ofrece “x caja” la verdadera selección nacional del placer: en defensa la sandía “la pitbull” de Paine; en el medio campo los tomates “redonditos maravilla” angolinos; y en delantera los “patrones del gol” (y del vino blanco) los melones calameños.
Esa sombra cobija lo mejor de la geografía de Chile y sirve para estar fresco y echar la talla[1] mientras se espera que alguien compre. Sirve para dar colores al pavimento en la monotonía del sol o el cielo nublado de La Araucanía. Sirve para que no se calienten los mangos y el asiento de la bicicleta y poder ir a buscar agua y más tomates a las doce. Para soñar y amar mirando la ruta que para el ojo humano termina un kilómetro y medio más allá según mis recientes estudios como co-piloto. El único problema de esa sombra es que a menudo no se ve y, lo que es peor, los arquitectos tampoco la vemos. Nos estremecemos frente a su falta de cúatica[2] constructiva y nos cuesta mucho dejar de lado –o a la sombra- nuestro ego como para proyectarla.
Recuerdo un comentario que hizo un profesor de la comisión del proyecto de fin de carrera de arquitectura a mi gran amigo y colega Moisés Tepano, descendiente Rapa Nui, cuyo proyecto era diseñar un Centro Cultural Rapa Nui en la isla. Allí, en medio de un hermoso conjunto, él proyectó un espacio (un salón o algo así) para que sea utilizado como consejo de ancianos, y el profesor le preguntó: ¿y qué pasa si ese lugar fuera sólo una sombra? ¡Un simple techo!
¡Plop...! No recuerdo cual habría sido la respuesta del alumno frente a ese combo de boxeador viejo, pero esa pregunta en los descuentos del partido hizo que yo más me enamore de esta profesión que odio.
¿Una sombra?... Como espectador la pregunta a mí me pareció ofensiva, grosera, digna querella si yo hubiera sido un niño rico. ¿Qué le pasa a este tipo? Todos nos pasamos ese último año de los seis y un día que dura la condena inicial de la arquitectura, dando lo mejor de nuestros cerebros de cartón, inspirándonos con fotos pegadas en la pared del taller con los más bellos edificios de arquitectos europeos, comprando la mejor hierba para viajar en busca de “la forma del proyecto”, ahogándonos en café, en cigarro y en mentix para hacer con todo eso, y mucho trasnoche, amor y sudor, grandes y ostentosos proyectos de fin de carrera que, hoy, hermano y colega,  aunque duela, si haces tu carrera desde una pequeña ciudad chilena difícilmente lograrás hacer. A menos que tengas muy buenos contactos o tu viejo sea primera categoría en el registro del Ministerio de Obras Públicas o de Vivienda y, cuando ya le entretenga más jugar al cacho o tomar café en el bar que estar en la oficina, te deje el nombre, la oficina y el registro.
Esa sombra, ese techo que apareció en mi vida arquitectónica (y amorosa) como gol de último minuto, hoy lo agradezco. Porque quizá no dispondremos de la tecnología y los recursos extraterrestres que se necesitan para proyectar los edificios que nublan las páginas de arquitectura. Pero si disponemos de la experiencia de haber estado bajos los techos maravillosos de una ruka mapuche, almorzando a media luz bajo un parrón, protegidos de la lluvia (aunque con las piernas mojadas) en un paradero piñufla de la Teodoro, con el culo en la pared y bajo el alero de una casa haciendo un asado en el invierno de Temuco y del Lautaro de Jorge Teillier, reposando el cordero bajo un Sauce en Chol-Chol. 
Estas son nuestras sombras. Este es nuestro desafío y el de Latinoamérica; hacer mucho con poco para dar plenitud al hombre.






[1] Chilenismo: Hablar cosas divertidas y relajadamente.
[2] Chilenismo: Persona, animal o cosa muy aparatosa y estrambótica.

jueves, 6 de febrero de 2014

El lugar del asado de cordero


Por Patricio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

En palabras de Mario Vargas Llosa, cuando en 1943 Neruda subió por primera vez las difíciles alturas de Machu Picchu al ver ese espectáculo de vértices y aristas su expresión habría sido: “que sitio para comer un cordero asado”.
Como pasa con muchos detalles insignificantes, pero que finalmente son los que nos construyen por dentro, dan gracia a los libros, al cine y a los pololeos adolescentes, por años ha dado vueltas esta expresión en mi cabeza. Encuentro notable la aparición de nuestro cordero asado allí, clavado como una bandera en esas cumbres de todos los pueblos. Y sobre todo viniendo de Neruda, pero no del Neruda poeta de Temuco, del artesano de la lluvia, sino de un señor que al mediodía comía un bistec a lo pobre y a las dos de la tarde almorzaba.
Este fin de semana sorpresivamente me encontré comiendo un asado de cordero en Coñaripe con mi familia y la compañía inesperada de la lluvia del verano, la magia del sur de Chile, dicen. Allí estuvimos ese grupo de caníbales que compartimos apellidos y sangre, desgarrando bronceadas piernas pasosas, sacando brillo a opacos huesos, adentrando nuestros colmillos en carnosas cavernas imposibles para la anatomía humana y peleando a muerte las costillas sin importar estuviera al frente tu abuela, tu madre o el tío que compró el cordero. Como en el amor y la guerra allí todo valía por unas costillitas.
Luego de haber comido y quedado bastante  satisfechos, vuelta a repasar las costillas una vez más por si los ojos y los dientes hubieran tenido un resto de piedad contra algún rincón del animal, por si el garrón de la abuela Elisa se había salvado esta vez, por si un beso tibio aparecía naufragando en ese delicioso mar de grasa y sal que cubre las flores de todos los platos.
Toda la vida tuvo sentido en esos veinte minutos que costaron tres horas de: el fuego está bajo, no dejes de darle vuelta, chambriemos más vinito, voy a la farmacia por más, dale un apurón que el cordero no se puede comer crudo sino patea.
Así fue la tarde de un domingo que podría haber sido uno más de insomnio, de caña, de televisión, de anticipar el lunes, de planchar camisas, de ir al super por algo dulce. Ese día fue especial porque fue la fiesta nacional que habíamos esperado todo el año. Ese domingo de verdad estuvimos vivos, mientras la lluvia pedía un lugar en la mesa tocando el zinc para entrar en nuestras propias alturas imposibles, en nuestro sencillo Machu Picchu hecho de restos de tablones que nos cobijó para para bailar, escuchar La Picarona de Lican-Ray, imitar a Luis Miguel y al regatón del El Big Boss. Allí en ese espacio que mira al fuego, en ese lugar de sombra y ropa seca donde se pone una mesita en la esquina para apoyar el vino y los cuchillos, y se disponen en círculo los asientos plásticos que compramos un domingo cualquiera en el viejo Sodimac de Caupolicán.
 Francamente no sé ni entiendo si existe una relación particular entre el asado de cordero y la arquitectura mágica de Machu Picchu como sugirió Neruda. Pero si sé que en Coñaripe, en ese sendero del guerreo mapuche, en esa falta de alturas de un radier mal afinado y un par de tablas recicladas nosotros también hicimos un poema y un canto.
Quizá lo del poeta no fue más que un simple chilenismo para expresar felicidad y regocijo. Quizá sí tenemos identidad y esa se nos sale de la boca como un garabato al clavarse un dedo cuando se nos presenta la vida y la obra del hombre en todo su esplendor.  

viernes, 31 de enero de 2014

Restaurant Las Muñecas: arquitectura del sabor


Por Patricio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

Una cosa que me encanta de mi rutina es ir todas las semanas a Las Muñecas (del Ñielol) a comer porotos. Las Muñecas es una picá[1] de comida tradicional chilena muy antigua en Temuco, similar a las que existen en todas las ciudades del mundo, de donde obtenemos el componente básico para la existencia humana en la tierra: el sabor casero.
La historia cuenta que en sus orígenes las hijas de la dueña atendían las mesas y el sello del lugar además de la abundancia y el buen sabor de sus platos, era el abismo que existía entre la belleza y las simpáticas hijas que no tenían otra que valerse de una gran voluntad, esfuerzo y agilidad para no incomodar a los comensales. Así, esa catedral de la fritanga mater fue bautizada como “Las Muñecas”.
Me gusta ir allá porque es uno de los pocos lugares en Chile donde pareciera haber integración etaria y de clases socio-económicas, pues por allí se dejan ver oficinistas, obreros, pitucos, ancianos, familias con niños y tipos solos como yo viendo Facebook en sus celulares.
También me gusta ir a ver en Las Muñecas a la gente sorprenderse al llegar su plato, cerrar los ojos y exclamar ¡Oh My God (sssssssss)! al disfrutar el sabor “típico y económico” de las guatitas coronadas y ennoblecidas por un puñado de papas fritas, la carne sumergida y entregada al placer como Pamela Díaz en calendario de Malta Morenita pero sobre unos buenos porotos con rienda, los colores, los brillos y el aroma de la cazuela de ave ardiendo, el vapor saliendo de una papa frita seca y gordota que guarnece una carne al jugo impecablemente cocida y, por supuesto, lo más notable, el toque muñequistico de las sopaipillas con ají pebre que acompañan todo como una sombra o un ángel de la guarda. Y cuando parece que ya no hay mayor placer posible; llega tu bebida de litro heladita.
Todo este -como dicen los políticos- “paquete de medidas” hace desfilar hambrientos a los comensales por el atestado salón en busca de una mesa a la hora de la colación. Pero si llegas a la catedral después de las 13.30 eres hombre muerto y tendrás que olvidarte de alcanzar ese momento de gloria cuando te dicen: ¿Qué se va a servir?
Otra cosa que me gusta es que en Las Muñecas ya tengo mi garzona de cabecera, algo así como tu secretaria, el conserje o tu psiquiatra, alguien de confianza y con mucho tacto. Basta mirarnos tipin[2]  13.15, para que ella sepa que deberá venir danzando como una odalisca hacia mí en ese paisaje imperial de madera y fierro con unos porotos, una sprite y el toque muñquistico.
Son muchas las sensaciones que Las Muñecas me producen, pero las más relevantes son tres: el placer de las grasas y espesores de la comida tradicional chilena, las ganas de ser chef y repartir alegría al mundo, y una profunda decepción con la arquitectura que me causa una sensación de engaño y la de ser uno más que fue birlado por una universidad privada. Este sentir me preocupa, y mucho, pero por suerte cuando ya estoy de vuelta en mi casa reposando.
La vieja casona que alberga el restaurant inicial es hoy la cocina y los comedores el resultado de múltiples ampliaciones hacia el patio trasero, que se van habilitando o separando mediante unas grandes cortinas amarillas que modulan el salón. De lado a lado, de deslinde a deslinde se configura ese espacio sacro, blanco y con un metro cincuenta de cerámica blanca que ni siquiera corresponde al mismo modelo. El lugar es muy simple pero a la vez extraño. La tele siempre está prendida como para evitar que los arquitectos hagamos una mala crítica arquitectónica en los medios de comunicación o algo similar. Tampoco existen ventanas que permitan el ingreso de luz y que el ruido se disipe al exterior, sólo hay dos planchas transparentes en el cielo que actúan como tragaluz y que yo sospecho le dan una gracia al lugar.
¿Qué puede hacer la arquitectura frente al sabor de la buena comida? Creo que es una nueva batalla perdida para los arquitectos. No creo que ni Le Corbusier, Wright o Niemeyer podrían haber hecho algo contra esas manos de mamá, de abuela, de señora, que obran milagros en esa pequeña y terrenal cocina.
Mientras muchos nuevos restaurantes en la zona gastronómica de avenida Alemania se esfuerzan por tener un sello de diseño o de arquitectura de vanguardia con artilugios, neones y todo tipo de fachadas, allí seguirán Las Muñecas del Ñielol, en el mismo lugar, con sus mismos altares cuadrados de madera repletos, con las mismas cortinas amarillas, en la misma vieja casona con que anónimos carpinteros y albañiles construyeron esta arquitectura del sabor.  




[1] Lugar bueno, bonito y barato donde comer o comprar algo.
[2] Chilenismo que quiere decir “alrededor de.”

jueves, 30 de enero de 2014

El fallo de la línea quebrada


Por Patricio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

Viendo los memes y comentarios que circulan en internet sobre el litigio marítimo entre Chile y (el) Perú no he podido evitar imaginarme a Peter Tomka, Presidente de La Haya, ensimismado rayando sobre una servilleta de papel en el cafetín de la corte, en plena discusión para llegar a un fallo, diciendo a sus colegas jueces: Dude!... That's a fucking good line! que más o menos traducido a nuestro coa [1] sería: ¡Vieja cacha la media volaita, me tiré la mansa línea!
El modo misterioso con que se ha llegado a este confuso fallo me transporta a nuestro quehacer como arquitectos al enfrentar algunos proyectos. No por nada el urbanista Lúcio Costa diseñó Brasilia en una servilleta o Frank Lloyd Wright hizo lo planos de la Casa de la Cascada en tres horas (varias boletas de sombrero rayadas deben estar dando vueltas por ahí). De igual modo hacen los médicos preparando cirugías en las kitchenettes de los hospitales, los políticos las leyes en el baño del Congreso (según Coco Legrand), etc. Porque cuando la cosa se pone engorrosa no queda otra que irse a un café y echar a volar la imaginación. Porque nada es tan complejo como parece. Y quién esté libre de trazar decisiones importantes en una servilleta que tiré la primera piedra.
El famoso fallo conocido el lunes (27.01.2014) nos entregó muchas cosas importantes, pero más que en lo territorial, económico y soberano, donde la cosa huele a triunfo electoral (nadie entiende porqué los perdieron también ganaron), nos hizo acreedores de notables memes para coleccionar y enviar a nuestros colegas en las oficinas y disponer de un abanico de opiniones sobre un tema de actualidad "ya probado”, útil para romper el hielo en cualquier actividad social.
En la televisión, los periódicos y el internet las opiniones de autoridades y expertos nacionales discrepan; mientras en Arica se veía a pescadores enfrentados y a otros satisfechos, en el otro canal la gente reclamaba por la falta de inversión en la ciudad…. ¡Habrá que leer detenidamente el fallo!- dicen las autoridades. Aunque no sé si este tipo de declaraciones ayuda o empeora la situación, pues el fallo completo debe ser un mamotreto de más de doscientas páginas -y en inglés-, que debe ser leído, comprendido y acatado en un país (Chile) donde la población no lee y el 84% que lo hace no entiende lo que lee y sólo el 2% conoce el idioma "ese" en el que canta Justin Bieber. Por tanto, se ruega contactar con urgencia a alguien de buena presentación, que esté dentro del 16% restante, hablé inglés y tenga mínimo 10 años de experiencia en lectura de fallos similares (experiencia comprobable).
Pese a lo anterior, si se me permite, este fallo salomónico [2] resultó ser un milagro y una verdadera fiesta, pero de la geometría, el sentido de la arquitectura, el consenso y la hermandad latinoamericana. 
Sí, todo gracias a la genialidad de un juez que fue capaz de encoger y estirar, llevar y traer, abrir y cerrar una simple línea sobre una servilleta mientras se cabeceaba entre argumentos todos válidos. Ese 1% de inspiración que le apareció de la nada, como por obra y gracia del espíritu santo de Pitágoras, descendió de los cielos, o del fondo del mar, y usando de medium un lápiz Bic (el mismo del unicornio) se grabó en su servilleta, dejándonos un fallo y el Trending topic de la semana en Twiter: #línea quebrada.  
Los maestros de la arquitectura también han vivido ese tipo de iluminaciones, pero con líneas rectas y curvas. Le ocurrió a Le Corbusier en 1947 cuando escribió su libro “Poema del Angulo recto” y a la colega iraní Zaha Hadid, mientras proyectaba el Heydar Aliyev Cultural Center en Azerbaiyán en 2013, haciéndola merecedora del apodo de la “reina de la curva”. Ambas posturas han dado rumbos a la arquitectura de ayer,hoy y mañana, sin embargo aún muchos esperábamos esta “nueva venida” de la línea quebrada.
Pero ¿qué es una línea quebrada? Es una línea como todas las líneas, la unión de dos puntos, pero que está hecha a mano alzada, con un pulso tembloroso, con reflexión y a conciencia, para delimitar un área que alguien considera justo, porque tiene los argumentos para ello. Por tanto, no es la simple línea recta que cualquiera puede dibujar. 
La línea quebrada procura que no falte ni sobre nada y por eso se compone de tramos que piensan y que buscan ser equitativos con quién está detrás. Una línea quebrada es un traje hecho a la medida, un edificio diseñado por un arquitecto que piensa y actúa como su futuro usuario.  
Esta línea quebrada que ha entrado en nuestro territorio y en nuestras vidas yo la considero un triunfo y quiero que se multiplique: en Avenida Vicuña Mackenna en Santiago donde se separa el verde de la zona oriente con el gris del resto del pueblo; en los campos de La Araucanía entre el mapuche y los huinkas; entre los miserables campamentos y las supercarreteras de pago.
Esta línea quebrada reivindica las cosas justas, que casi siempre son híbridas o intermedias. Porque la vida no es ganar o perder, no es blanca o negra, no es bailar como Antonio Vodanovic o Michael Jackson. Porque el territorio no puede definirse por la paralela chilena ni la diagonal peruana. Porque la vida es imperfecta y nosotros seres duales (amamos y odiamos; queremos ser rigurosos pero casi siempre fallamos).
Quizá por esto a los arquitectos nos gusten tanto los ángulos y sus líneas quebradas. Y los usemos muchas veces sin razón o justificación mayor en nuestras plazas y edificios. Quizá  porque tenemos la esperanza de la calidad de vida puesta en los rincones e intersticios que genera una línea no recta, donde se abre un lugar posible para escaparnos y guarecernos del tumulto cuando nos invade la nostalgia, para amarnos en un parque o simplemente para que la mirada descanse de lo que vemos de lunes a viernes. Es un deber del arquitecto proveer lugares donde sea posible respirar profundo y contemplar la nada, lugares “sin sentido” como los que dejan las líneas quebradas.


PD: Dedicado con cariño a mi maestro, amigo y colega Jorge Cassis Verdejo.  






[1] Jerga del hampa chilena.
[2] Según la biblia Salomón (1011 a.C. – 931 a.C.) fue un rey de Israel de gran sabiduría, entendimiento y dotado de un corazón dócil que le permitía discernir entre lo bueno y lo malo.  

lunes, 27 de enero de 2014

Charlas TED, por un lado, dar crédito a tus ideas, por el otro




Por Patricio Jara Tomckowiack
@PatricioJaraTom

En un nuevo intento por pertenecer a la comunidad artístico-cultural de mi región asistí al ciclo de charlas TEDxUFRO que se realizó en el Centro Cultural de Lautaro. Esta versión trató sobre las industrias creativas. Pese a rozarme y darme codazos con varias figuras de la farándula creativa local, aunque sólo haya sido a la hora del cóctel, no logro considerarme parte de esta industria, pues ni siquiera soy capaz de llegar a fin de mes ejerciendo mi creativo oficio de arquitecto independiente. Y llegar a fin de mes es algo importante, si hablamos de estar en una industria.
TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) es un ciclo de charlas cortas de 5, 10 y 18 minutos que nace en 1984 en California, EE.UU. (aunque ahora la franquicia está disponible para todo el mundo), y que se celebra todos los años bajo el lema: “Ideas worth spreading” o Ideas que vale la pena difundir. Allí son invitados a contar sus experiencias pensadores y emprendedores de nivel mundial, cuyas ideas han derivado en trabajos que han sido notables aportes para personas, comunidades y el mundo entero (Bill Gates, Bono, Frank Gehry, Bjarke Ingels de BIG Architects, etc.).
Algo que me parece muy interesante de este formato es que los conferencistas tienen un tiempo muy breve para motivar, hacer entender y dar cuenta al público de su genialidad, locura, inteligencia e influencia. Y todo esto como un golpe de corriente; rápido y directo. Al menos esa es mi experiencia en youtube.com.
En las charlas TEDxUFRO a las que asistí, cinco de los diez conferencistas conquistaron mi cerebro con sus historias. Lo cual es súper bueno considerando que mi objetivo central era darle duro al almuerzo gratis y nada más “sacar el rollo” de la onda TED. 
Próximamente estas charlas las podrás ver en YouTube.com. No obstante, aquí algunas de las cosas con las que me quedé: la reflexión de una bloguera sobre la relación entre las tetas –femeninas- y la comida; un chico fanático de los juegos de rol que aprendió el oficio de herrero por internet y hoy vive de hacer armamento medieval; un matemático que sin saber nada de música aprendió por casualidad a hacer instrumentos y luego de escuchar un concierto de Free Jazz, que lo consideró puro ruido, se convenció de que él también podía ser músico y hoy toca en la orquesta del Teatro de Temuco;  una artesana mapuche que sentía y escuchaba la greda antes de trabajarla, porque decía la clave de su arte no eran sus manos sino el material mismo, y; la ferviente convicción de un Gamer, no nerd, que planteaba que los e-sport (deportes electrónicos) serán los deportes del futuro.
Ahora ¿qué tengo que ver yo como arquitecto en todo esto? La respuesta que se viene a mi cabeza es una: las veces que no han pagado por mis ideas. Me ha pasado que he dado ideas creativas y muy útiles a clientes que las han ejecutado con éxito, pero no me han dado el trabajo ni me las han pagado. ¿Por qué? Por no haber descubierto que el oficio y el negocio del arquitecto está en sus ideas y no necesariamente en el desarrollo de obras o proyectos. Esto no quiere decir que uno no pueda colaborar gratuitamente con personas o instituciones, no. Pienso que si tienes cubiertas tus necesidades básicas: DEBES HACERLO, debes aportar y agradecer a tu comunidad.
Los arquitectos no hemos podido desmarcarnos del famoso “hacer un monito”. Te lo voy a explicar con dos casos que me han pasado y que también podrían ser aplicables a otros oficios vinculados con “las industrias creativas”.
Un cliente compra un estrecho terreno de 30x120 mts. aledaño al predio donde tenía la empresa que yo le había diseñado hace unos años. Urgente necesitaba construir un simple galpón. ¿Dónde lo hacemos?- me dice, mientras su maestro de cabecera, experto en estructuras metálicas, ya tenía y le picaba un chuzo en la mano. ¿Dónde hacer un galpón que a futuro no le interfiera para construir otros? -pensé con sentido de urgencia, porque ya conocía la falta de planificación y visión con que mi cliente hacía aparecer galpones como callampas. Le pedí un día y volví con un monito, un dibujo de intenciones. Le planteé que hiciéramos un pequeño loteo, es decir, que proyectáramos varios lotes para construir otros galpones a futuro, una circulación central y un borde libre para el cachureo, que siempre terminaba siendo algo parecido y útil como un galpón. De esa forma dividí en tres la lonja de terreno: una franja de 18 mt. para los galpones, una de 6 mt. para la circulación vehicular y otra igual para el cachureo. ¡Listo! Déjame desarrollar la estructura del primer galpón, o sea hacer los planos, y te traigo el presupuesto, le dije. Al par de días volví con un esbozo de planos y el presupuesto con los honorarios que me darían de comer el mes siguiente, pero me encontré con la calle demarcada y el primer galpón casi terminado… ¿para qué sirve un arquitecto?
Otro cliente compra un terreno de 10x40 mt. para construir el máximo de departamentos posible de arriendo para universitarios. Misma historia. Durante un par de días de cafés y cabeceo, dibujé un  departamento monoambiente tipo para dos personas de 4x4 mt. Por ende, en dos pisos cabían 20 de ellos y se dejaba una zona de circulación y estacionamientos en los 6 mt. restantes. A los pocos días vuelvo con el dibujo (monito) y mi presupuesto, que esta vez me daría de comer tres meses, pero luego de conversar la idea y darle un vistazo al dibujo, que aún no era un plano con todas las de la ley, mi cliente me pide un tiempo para obtener el crédito en el banco. Hace cuatro años que espero su llamada, no he querido insistir ni volver al lugar para evitar decepcionarme nuevamente.
En las charlas TED lo importante es la difusión de ideas que puedan motivar a otras personas. Y allí está el tema, en las ideas, ese es el negocio. Porque ellas han sido la génesis, el sustento y la motivación de todas esas experiencias que han mejorado la vida de personas, comunidades e incluso el mundo entero. Pienso en todas las ideas sueltas que hay en las escuelas de arquitectura, en las aulas de todas las carreras y cursos por más breves que sean, en las pausas de las fábricas o las oficinas, en las conversaciones de café y en los carretes, en las largas estancias en los baños, en los desvelos de domingo por la noche. Pienso en cuántos conferencistas TED se pierden cada día.